Columna de opinión

El silicio nos está hablando.
¿Tenemos oídos para escuchar?

México está parado frente a una de las mayores oportunidades industriales de su historia moderna. La pregunta no es si llegará la ola. Ya llegó. La pregunta es si vamos a surfearla o a ahogarnos en ella.

Miguel Ángel Cantero ·  4 de Marzo 2026  ·  Tecnología, Empresa y Sociedad.

Permítame comenzar con una imagen que no sale del informe de la OCDE pero que debería encabezarlo: en este momento, mientras usted lee estas líneas, hay un chip fabricado en algún rincón de Asia que controla el freno de su automóvil, regula la temperatura de su refrigerador y procesa la señal de su teléfono. Un chip que México no fabricó, que México no diseñó, y del que México depende absolutamente.

Eso es la dependencia tecnológica. No es un concepto abstracto de los libros de economía política. Es la realidad cotidiana de cada empresa mexicana que manufactura, que diseña, que produce. Y es también una vulnerabilidad estratégica que el mundo —con una claridad que a veces nos avergüenza— ya reconoció.

La OCDE publicó el 27 de febrero de 2026 el reporte Promoting the Development of the Semiconductor Ecosystem in Mexico. Este trabajo fue posible con apoyo financiero del Departamento de Estado de Estados Unidos. Ese detalle no es menor: cuando uno de los países más poderosos del mundo paga para que se analice tu potencial industrial, algo importante está ocurriendo. Algo que los empresarios mexicanos no podemos ignorar.

Cuando uno de los países más poderosos del mundo paga para analizar tu potencial industrial, la pregunta no es si debes prestar atención. La pregunta es cuánto tiempo más puedes darte el lujo de no hacerlo.

La IA lo cambió todo. Y nosotros seguimos hablando de maquiladoras.

Hay una palabra que el informe de la OCDE menciona con delicadeza técnica pero que nosotros debemos pronunciar sin eufemismos: Inteligencia Artificial. Cada modelo de lenguaje, cada sistema de visión computacional, cada plataforma de IA generativa que está transformando empresas alrededor del mundo, funciona sobre semiconductores. Sin chips, no hay IA. Sin IA, no hay competitividad en la economía del siglo XXI.

No estamos hablando de una industria más. Estamos hablando del sistema nervioso de la economía digital. Y México, en este preciso instante histórico, tiene una oportunidad que no volverá a presentarse de esta manera: el nearshoring está reordenando las cadenas globales de valor, Estados Unidos necesita desesperadamente diversificar su dependencia de Asia, y México —por geografía, por talento, por tratados comerciales— está sentado exactamente en el lugar correcto.

Infineon e Intel ya operan en México —incluyendo capacidades de ingeniería y diseño, según el ecosistema mapeado por la OCDE— y Skyworks mantiene operaciones de ensamble, prueba y acabado en Mexicali. No llegaron de turismo.

El diagnóstico incómodo que nadie quiere leer completo.

El informe es generoso con México. Señala nuestras fortalezas con precisión académica: la apertura comercial, el talento ingenieril, la red de centros de investigación, la ubicación geográfica. Todo eso es real. Pero entre líneas —y a veces de frente— el documento nos dice también verdades que duelen.

Nuestros jóvenes de 15 años están por debajo del promedio OCDE en ciencias y matemáticas: en matemáticas, solo 34% alcanza al menos nivel 2, frente a 69% en el promedio OCDE; en ciencias, 49% versus 76%. Nuestra deserción escolar en secundaria es sistémica: 43% de los jóvenes adultos en México no ha obtenido una calificación de media superior, contra 14% en la OCDE. En educación terciaria, solo el 10% de las mujeres se gradúa en ingeniería y campos relacionados, frente al 27% de los hombres —un desperdicio de talento que no nos podemos permitir.

Y nuestro dominio del inglés —idioma de operación y capacitación en equipos y cadenas globales— es una asignatura pendiente: la OCDE señala que en México el inglés se vuelve obligatorio relativamente tarde, desde secundaria, y que el índice de proficiencia del país está por debajo del promedio de las naciones miembro.

A eso hay que añadir lo que el sector empresarial conoce de primera mano: la inseguridad vial que encarece la logística, y trabas habilitantes clave —como clarificar y agilizar permisos de generación de energía renovable y finalizar la integración de información en la ventanilla digital para inversionistas— que la propia OCDE identifica como palancas críticas para atraer inversión semiconductor.

Sin chips, no hay IA. Sin IA, no hay competitividad en la economía del siglo XXI. México está sentado exactamente en el lugar correcto. La pregunta es si se moverá antes de que alguien más ocupe su silla.

El sector privado mexicano tiene que entender que la industria semiconductora no es solo una oportunidad para las grandes corporaciones trasnacionales que ya operan aquí. Es una plataforma sobre la cual pueden construirse cadenas de proveeduría nacional, servicios especializados de logística y mantenimiento, consultorías de ingeniería, empresas de formación técnica. Es un ecosistema, y los ecosistemas se construyen con muchos actores, no solo con los gigantes.

La OCDE recomienda crear una estrategia nacional de semiconductores. Eso es tarea del gobierno. Pero mientras esperamos que el gobierno coordine, que el gobierno legisle, que el gobierno simplifique, el empresario mexicano tiene decisiones que puede tomar hoy mismo: ¿está invirtiendo en la formación técnica de su fuerza laboral con la IA como horizonte? ¿Está explorando cómo sus procesos actuales pueden integrarse a esta cadena de valor? ¿Está tendiendo puentes con centros de investigación como CINVESTAV, INAOE o CIMAV?

Una reflexión filosófica para cerrar.

Hegel decía que la historia avanza en espiral: no repite, pero rima. La primera revolución industrial encontró a México mirando hacia otro lado. La segunda, atrapados en convulsiones políticas. La digital, integrándose tarde y de manera periférica. Ahora, en los albores de lo que algunos llaman la era de la inteligencia sintética, tenemos otra oportunidad de estar en el centro y no en la periferia.

Los semiconductores son la materia prima de ese futuro. No son solo componentes electrónicos: son la encarnación física de la inteligencia humana comprimida en silicio. Y México tiene el talento, la geografía y el momento para ser algo más que un espectador de esa transformación.

La pregunta no es si México puede. La pregunta es si México quiere. Y esa, estimado empresario, es una pregunta que también usted tiene que responder.

Miguel Ángel Cantero

Analista de tecnología, empresa y política industrial.

Columna semanal sobre los temas que definirán la economía de las próximas décadas.

Fuente de referencia: OCDE (2026), Promoting the Development of the Semiconductor Ecosystem in Mexico, OECD Publishing, París. DOI: 10.1787/02c81dec-en

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