Columna de Opinión

La fábrica de niebla:
Cómo la economía de la atención se convirtió en la nueva máquina de vapor.

Dinamarca y Australia ya legislan; México aún debate entre el llamado presidencial y la parálisis legislativa.

Por Miguel Ángel Cantero Martínez · 27 de julio de 2026

En 1833, el Parlamento británico aprobó la Factory Act, prohibiendo el trabajo de menores de nueve años en las fábricas textiles y limitando las jornadas infantiles a nueve horas diarias. Los industriales vociferaron contra la “intromisión estatal” y la “pérdida de competitividad”. Hoy, aquella ley nos parece un mínimo civilizatorio. Dentro de tres décadas, nuestros nietos observarán nuestra era con el mismo estupor con que nosotros miramos las fotografías de niños descalzos junto a las máquinas de vapor. Pero entonces no habrá telares en la imagen. Habrá un smartphone, un rostro iluminado a las tres de la mañana y un algoritmo que susurra: quédate, todavía hay más.

Esta no es una hipérbole. Es un paralelismo histórico riguroso. La Revolución Industrial explotó el cuerpo infantil como fuerza motriz; la Revolución Digital explota la arquitectura cerebral adolescente como insumo de una economía extractiva. La materia prima no es el algodón. Es la atención. Y el yacimiento más rentable, por plasticidad neuronal y vulnerabilidad dopaminérgica, es el cerebro de un menor de dieciséis años.

Neuroeconomía de un cerebro secuestrado

Conviene precisar de qué hablamos cuando hablamos de “adicción”. La neurociencia ha documentado con precisión quirúrgica lo que ocurre dentro de un cerebro adolescente expuesto al scroll infinito. El núcleo accumbens —centro de recompensa— libera dopamina ante cada notificación, cada like, cada variabilidad intermitente programada por los ingenieros conductuales de Silicon Valley. Pero el sistema tiene un límite. Con la sobreexposición, los receptores D2 se regulan a la baja. La consecuencia es clínica: se necesita más estímulo para sentir lo mismo. Eso se llama tolerancia. Y cuando el estímulo desaparece, aparece la ansiedad, la irritabilidad y el vacío anímico. Eso se llama síndrome de abstinencia.

Si cambiáramos “red social” por “opioide”, el diagnóstico sería automático. Pero como el dealer es un algoritmo y la jeringa una pantalla AMOLED, la sociedad prefiere hablar de “nativos digitales”. El lenguaje nos protege de la verdad incómoda: hemos normalizado un experimento neuroquímico a escala generacional sin consentimiento informado.

La restauración del jardín amurallado

Frente a esta maquinaria, dos naciones han decidido no esperar el permiso de la industria. Dinamarca prohibió el acceso a redes sociales a menores de 15 años. Australia fue más lejos: vetó el acceso a menores de 16 y transfirió la carga de la verificación a las plataformas, no a los padres. La lógica jurídica es impecable y merece ser subrayada: el obligado a verificar es quien lucra, no quien padece.

Ambas leyes, más allá de su redacción técnica, constituyen un acto de memoria histórica y de filosofía política aplicada. Recuperan el concepto del limes: la frontera que separa el espacio civilizado del espacio salvaje. En la Roma antigua, el limes no era un muro para aislar, sino una membrana selectiva que permitía el comercio y al mismo tiempo detenía a los bárbaros. El mundo digital carece de limes. Es una intemperie absoluta donde un niño de once años puede transitar del tutorial de matemáticas al contenido pornográfico en tres clics, sin que ninguna institución —ni la familia, ni la escuela, ni el Estado— haya podido interponer un filtro. Dinamarca y Australia están levantando, dos mil años después, un nuevo limes. Y como todo muro que protege lo sagrado —en este caso, el desarrollo de la subjetividad—, es profundamente incómodo para quienes comercian con la intemperie.

“Pretender que las familias contrarresten a corporaciones que invierten miles de millones en optimizar la adicción es una emboscada, no una batalla.”

Sheinbaum y la brecha entre el diagnóstico y la cirugía

En México, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo un llamado explícito a madres, padres y tutores para proteger a la niñez y juventud ante el uso de plataformas digitales y redes sociales. El gesto es inequívocamente valioso. Señala desde la máxima investidura del Estado que hay un problema y que la responsabilidad primaria reside en el núcleo familiar. Pero un diagnóstico sin prescripción vinculante es un acto de conciencia, no de gobierno.

Y aquí debemos ser quirúrgicamente honestos. Pretender que las familias, en solitario, contrarresten el poder de corporaciones que invierten miles de millones de dólares en optimizar la adicción es una posición políticamente cómoda pero estratégicamente ingenua. Ningún padre equipa su hogar con las herramientas de neuromarketing, A/B testing algorítmico y machine learning afectivo que despliegan Meta, TikTok o Snapchat. No es una batalla asimétrica: es una emboscada. Sin legislación con dientes —verificación obligatoria de edad, responsabilidad legal de las plataformas, sanciones proporcionales al daño—, el llamado presidencial corre el riesgo de convertirse en una vela encendida en medio de un huracán.

La caverna digital y la abolición de la distancia

Platón imaginó una caverna donde los prisioneros confundían sombras con realidad. La alegoría se ha vuelto literal, solo que ahora las sombras son reels de quince segundos y la cadena que sujeta al espectador es un algoritmo de recomendación entrenado para maximizar el tiempo de permanencia. Byung-Chul Han lo formuló con precisión contemporánea: ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, sino en una sociedad del rendimiento que se convierte en sociedad del cansancio. El sujeto se explota a sí mismo creyendo que es libre. Pero el adolescente que “elige” pasar cinco horas diarias en TikTok no está ejerciendo su autonomía kantiana. Está respondiendo a una arquitectura de persuasión oscura —los dark patterns— diseñada para sortear su todavía inmadura corteza prefrontal, esa parte del cerebro que frena los impulsos y que, según la neurociencia, no completa su desarrollo hasta pasados los veinte años.

Hannah Arendt, al analizar la crisis de la educación en Entre el pasado y el futuro, advirtió que la autoridad del adulto consiste en asumir la responsabilidad por un mundo que no elegimos, pero que debemos presentar a los recién llegados de manera que pueda ser renovado. Cuando abdicamos de esa autoridad en favor del algoritmo, no estamos siendo modernos ni liberales: estamos siendo cómplices de una fábrica que produce niebla —atención dispersa, deseo fragmentado, identidad en ruinas— y la vende como atmósfera natural.

El precedente que nos juzgará

Hubo un tiempo en que la explotación infantil se justificaba con argumentos económicos y con la retórica de la “libertad de contratación”. Hubo un tiempo en que la industria tabacalera financiaba estudios para negar el vínculo entre fumar y el cáncer de pulmón. Hubo un tiempo en que el plomo en la gasolina era “inofensivo” según sus productores. Hoy, la industria de las plataformas repite el mismo libreto: niega los daños, desacredita a los investigadores, financia expertos complacientes y patrocina una narrativa donde la regulación equivale a censura.

Pero la historia no negocia. La Factory Act de 1833 es hoy materia de orgullo, no de vergüenza, para el Reino Unido. Las leyes antitabaco, ridiculizadas en los años noventa, salvaron millones de vidas. La prohibición de la gasolina con plomo se demoró décadas por la resistencia corporativa, pero finalmente se impuso. El patrón es siempre el mismo: primero la ciencia advierte, luego la industria niega, después la sociedad se polariza y finalmente la ley actúa. En el caso de las redes sociales y la salud mental infantil, estamos transitando la tercera etapa. Dinamarca y Australia ya cruzaron a la cuarta.

México tiene ante sí una disyuntiva histórica. Puede seguir la senda de la delegación discursiva —hacer llamados, promover campañas, apelar a la responsabilidad individual— o puede asumir el costo político de legislar, incomodar a los gigantes tecnológicos y erigirse como un referente regional en la defensa del neurodesarrollo infantil. La presidenta Sheinbaum ha mostrado voluntad para poner el tema sobre la mesa. Pero una mesa sin expediente legislativo es solo un atril. Y un atril, por bienintencionado que sea, no detiene un algoritmo entrenado para no soltar nunca a su presa.

Proteger a la infancia no es una postura conservadora ni progresista: es un imperativo biológico que antecede a cualquier ideología. Es la memoria de la especie diciendo hasta aquí. Australia y Dinamarca ya lo entendieron. Lo que está en juego no es el acceso a una aplicación. Es el derecho de un niño a desarrollar una mente capaz de sostener la atención, tolerar el silencio, habitar el aburrimiento fértil y construir una identidad que no dependa de la validación cuantificada de extraños. En suma: el derecho a ser humano antes que usuario.

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