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CDMX, 21 de febrero de 2026.
22 de febrero de 2026

Brasil e India movieron una pieza mayor en el tablero geoeconómico: Lula da Silva y Narendra Modi anunciaron un acuerdo “pionero” sobre minerales críticos y tierras raras, presentado como un paso decisivo para construir cadenas de suministro más resilientes y afianzar la confianza mutua. El objetivo declarado no es menor: llevar el comercio bilateral a 20 mil millones de dólares en los próximos cinco años.
Detrás del anuncio hay una realidad incómoda que hoy define la competencia industrial del siglo XXI: los minerales críticos —y, en particular, las tierras raras— ya no son un tema técnico, sino un asunto de seguridad económica. Las tierras raras (17 elementos dispersos cuya extracción y refinación exige procesos altamente especializados) son indispensables para fabricar vehículos eléctricos, computadoras, teléfonos inteligentes, discos duros, aviones de combate, satélites y equipos médicos como la resonancia magnética. En otras palabras: sin ellas, la transición energética y la tecnología avanzada se quedan sin músculo.
El problema es la concentración. China domina cerca del 70% de la producción global y alrededor del 90% del refinado. Eso significa que incluso si un país posee yacimientos, suele depender de Pekín para convertirlos en insumos industriales. Con ese telón de fondo, el pacto indo-brasileño trasciende el intercambio comercial: es un movimiento estratégico para reducir vulnerabilidades en una era de disrupción.
La “turbulencia” a la que alude el diagnóstico no es abstracta. Lula subrayó la necesidad de reforzar la cooperación con su socio y cofundador en BRICS, ahora ampliado, en un escenario alterado por el retorno de políticas arancelarias agresivas desde Estados Unidos. El uso errático de tarifas y la presión unilateral no sólo afectan a Brasil e India: están empujando a gobiernos y élites económicas a buscar nuevas rutas de estabilidad y autonomía.
En paralelo, el mundo ensaya respuestas: tratados de libre comercio, reacomodos diplomáticos, esfuerzos por alternativas tecnológicas y hasta debates sobre desdolarización de reservas. Son señales de una misma tendencia: ante un orden internacional en tensión —heredero del “Consenso de Washington” y sus dogmas—, las potencias intermedias apuestan por redes de cooperación que reduzcan exposición y aumenten margen de maniobra.
La paradoja es contundente: la torpeza y la agresividad del unilateralismo terminan produciendo el efecto contrario al buscado. Lejos de disciplinar al sistema, aceleran una resistencia transversal y pragmática que no nace de la ideología, sino de la necesidad. Y esa necesidad hoy tiene nombre y apellido: minerales críticos, soberanía industrial y cadenas de suministro que no puedan apagarse con un arancel.
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“Nos une la gente” es la idea con la que Frank Aguirre plantea mantener el trabajo territorial alrededor de la coordinación de Manuel Cota, con acercamientos a vecinos, trabajadores y distintos sectores de Baja California Sur.
El modelo busca detectar vulnerabilidades y operar dentro de límites autorizados, según las pruebas de la empresa.