
Las orillas del lago Lemán han sido testigos de pactos efímeros y treguas frágiles. Hoy, Donald Trump llega a la cumbre del G7 en Évian con el gesto triunfal de quien cree haber desatado dos nudos gordianos: un acuerdo preliminar con Irán para reducir las tensiones en torno al estrecho de Ormuz y el posible inicio de una negociación para poner fin a la guerra en Ucrania. Sin embargo, la historia nos recuerda que las paces anunciadas con premura suelen ser más frágiles de lo que aparentan. Para comprender la magnitud de estos acontecimientos conviene abandonar el vértigo de la noticia inmediata y observarlos desde la perspectiva más amplia de la historia y la geopolítica.
El estrecho de Ormuz: termómetro de la hegemonía mundial
No es la primera vez que Ormuz se convierte en el centro de gravedad de la política internacional. Desde que los portugueses establecieron allí una posición estratégica a comienzos del siglo XVI hasta la Doctrina Carter de 1980, que declaró al Golfo Pérsico como una zona de interés vital para Estados Unidos, el estrecho ha sido un indicador privilegiado de los equilibrios de poder global.
Durante la guerra entre Irak e Irán, Washington llegó incluso a rebanderizar petroleros kuwaitíes para garantizar la libre navegación bajo protección estadounidense. Aquella operación dejó una enseñanza vigente: la seguridad de Ormuz nunca depende exclusivamente de acuerdos bilaterales, sino de la capacidad de construir consensos entre las principales potencias interesadas en la estabilidad energética mundial.
Por ello, aun si el memorándum impulsado por Trump logra traducirse en compromisos verificables, su viabilidad dependerá de factores que trascienden la relación entre Washington y Teherán. China e India, hoy entre los principales consumidores de energía del planeta, poseen intereses directos en la región. Del mismo modo, las monarquías del Golfo, Turquía y Arabia Saudita observan cualquier modificación del equilibrio estratégico con una mezcla de expectativa y cautela.
La historia de Ormuz nunca ha sido únicamente la historia del petróleo. Es, sobre todo, la historia de la proyección del poder. Sin una arquitectura de legitimidad más amplia, cualquier apertura del estrecho corre el riesgo de convertirse en una solución temporal antes que en un verdadero cambio de época.
Ucrania y el peso de las memorias enfrentadas
En Ucrania, el optimismo de Trump choca con una realidad histórica mucho más compleja. El Memorando de Budapest de 1994, mediante el cual Kiev renunció al tercer arsenal nuclear más grande del mundo a cambio de garantías de seguridad, permanece como una herida abierta en la memoria estratégica ucraniana.
Cuando se habla de una solución rápida, conviene recordar que este conflicto trasciende el control de territorios específicos. Se trata también de una disputa por la identidad, la memoria y el lugar de Ucrania dentro del orden europeo.
Durante décadas, diversas voces advirtieron sobre los riesgos de una creciente confrontación entre Rusia y Occidente. George Kennan, arquitecto intelectual de la estrategia de contención durante la Guerra Fría, consideró que la expansión de la OTAN hacia Europa del Este podría convertirse en una fuente permanente de tensiones. Al mismo tiempo, para numerosos países que habían vivido bajo la órbita soviética, la integración en la alianza atlántica representaba una garantía de soberanía y seguridad.
Ambas narrativas coexisten y explican por qué la guerra no puede resolverse únicamente mediante un reajuste de fronteras. Para buena parte de la sociedad ucraniana, marcada por episodios traumáticos como el Holodomor y las represiones soviéticas, cualquier acuerdo que normalice la ocupación de territorios sin una definición clara de responsabilidades corre el riesgo de ser percibido como una paz incompleta.
La historia ofrece una advertencia recurrente: los conflictos terminan de forma duradera cuando las partes encuentran mecanismos para convivir con sus memorias, no cuando simplemente congelan sus disputas sobre un mapa.
El G7 frente a la multipolaridad
El G7 nació en 1975 para coordinar respuestas entre las principales economías industrializadas ante la crisis energética y las turbulencias financieras de la época. Medio siglo después, la realidad internacional es radicalmente distinta.
China es la segunda economía del mundo. India emerge como una potencia demográfica, tecnológica y geopolítica de primer orden. Arabia Saudita, Turquía y Brasil desempeñan cada vez más el papel de potencias bisagra capaces de influir simultáneamente en múltiples regiones. Sin embargo, ninguno de estos actores ocupa un asiento permanente en la mesa del G7.
Esta paradoja revela una crisis más profunda: la distancia creciente entre las instituciones heredadas del orden posterior a la Guerra Fría y la distribución real del poder en el siglo XXI.
La discusión sobre una eventual reintegración de Rusia a los espacios de diálogo occidentales ilustra esa tensión. Mientras algunos sectores consideran indispensable abrir nuevos canales de negociación, otros defienden la vigencia de un sistema basado en normas jurídicas internacionales y responsabilidades claramente definidas.
Más allá de las diferencias, la cuestión central sigue siendo la misma: ningún orden internacional puede aspirar a la estabilidad si excluye de forma permanente a actores capaces de alterar los equilibrios globales.
Como observó Henry Kissinger, la estabilidad internacional surge cuando las principales potencias aceptan una noción compartida de legitimidad. Hoy esa legitimidad se encuentra en disputa.
La inteligencia artificial: el nuevo frente estratégico
Sin embargo, la disputa por el poder global ya no se libra únicamente en estrechos marítimos, fronteras o mercados energéticos. La inteligencia artificial se ha convertido en el nuevo terreno estratégico donde se definirá gran parte de la influencia económica, tecnológica y militar de las próximas décadas.
En Évian, los líderes del G7 no sólo discuten Ucrania o Medio Oriente; también buscan coordinar posiciones sobre la gobernanza de la inteligencia artificial, la seguridad de los sistemas avanzados, la protección de infraestructura crítica, la soberanía digital y la competencia tecnológica frente a China. Si el petróleo fue el recurso estratégico del siglo XX, los datos, los algoritmos y la capacidad de procesamiento aparecen cada vez más como los activos determinantes del siglo XXI.
La dimensión geopolítica de la inteligencia artificial trasciende la innovación económica. Los sistemas de IA ya participan en tareas de inteligencia militar, ciberseguridad, vigilancia, análisis predictivo y control de cadenas logísticas globales. La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China recuerda, en ciertos aspectos, las grandes carreras estratégicas de la Guerra Fría: no por una capacidad destructiva inmediata, sino porque redefine las jerarquías de poder internacional.
Quien establezca los estándares tecnológicos, regulatorios y éticos de la inteligencia artificial tendrá una influencia decisiva sobre las reglas del orden global emergente. La pregunta ya no es únicamente quién posee más recursos, sino quién será capaz de diseñar la arquitectura tecnológica sobre la que funcionará el mundo durante las próximas décadas.
La batalla por el relato
El filósofo Paul Ricoeur sostenía que toda memoria colectiva es necesariamente selectiva. Esta reflexión resulta especialmente pertinente para comprender las tensiones actuales.
Para Moscú, la expansión occidental representa la confirmación de promesas incumplidas y amenazas acumuladas. Para las democracias europeas, constituye la libre decisión soberana de los Estados que eligieron integrarse a las instituciones occidentales. Ambas visiones se perciben a sí mismas como legítimas y ambas alimentan narrativas nacionales profundamente arraigadas.
Mientras estas memorias permanezcan irreconciliables, cualquier alto el fuego corre el riesgo de convertirse en una tregua provisional.
La diplomacia del siglo XXI enfrenta así un desafío que trasciende los acuerdos militares o económicos: construir espacios donde las sociedades enfrentadas puedan reconocer el sufrimiento propio sin negar el ajeno. Sin ese esfuerzo, la paz será apenas una pausa entre conflictos.
Más allá de Évian
Mientras los líderes del G7 intercambian declaraciones y fotografías, la historia continúa desarrollándose con la lentitud que caracteriza a los grandes cambios de época.
Las tensiones en Ormuz, la guerra en Ucrania y la carrera por la inteligencia artificial no son fenómenos aislados. Son manifestaciones de una misma transición histórica: el desplazamiento gradual desde un orden dominado por Occidente hacia un escenario multipolar donde nuevas potencias reclaman influencia, reconocimiento y capacidad de decisión.
La verdadera cuestión que se debate en Évian no es únicamente si habrá un acuerdo sobre Irán o si comenzarán negociaciones para Ucrania. También está en juego quién establecerá las reglas de la revolución tecnológica más importante desde la llegada de internet. La gobernanza de la inteligencia artificial, la seguridad digital, el control de los datos y la autonomía tecnológica serán tan determinantes para la estabilidad futura como lo fueron el petróleo, la industria o las armas nucleares en el siglo pasado.
Si Occidente no logra articular un orden internacional que combine seguridad, legitimidad, innovación y reconocimiento para actores con intereses divergentes, los anuncios de hoy podrían ser recordados como episodios de estabilidad aparente más que como soluciones duraderas.
La paz auténtica rara vez nace de una firma o de una fotografía oficial. Se construye lentamente mediante acuerdos políticos, memoria compartida y una visión de futuro capaz de integrar tanto las lecciones de la historia como los desafíos de la tecnología.
En las orillas del lago Lemán, el debate ya no gira únicamente sobre cómo terminar las guerras del presente. La discusión de fondo es mucho más trascendente: quién escribirá las reglas del mundo que viene y bajo qué principios convivirán las potencias de una nueva era marcada por la multipolaridad, la inteligencia artificial y la disputa por el liderazgo global. Ése es el verdadero tablero de Évian.
Miguel Cantero
Analista político y observador de asuntos internacionales.
